Jueves, 18 Febrero 2010 18:00

Puntos de encuentro

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Hará ya unos cuarenta y tantos años inicié mis estudios en primaria en la escuela Miguel Obregón, en Tibás. Luego de concluir los seis años de rigor en esa escuela pública, hice mi secundaria primero en un colegio privado y luego en otro público, entre los cuales había una diferencia social que era un abismo.

Estos cambios en los lugares de estudio y de residencia me permitieron conocer y querer, sin distingos de clases sociales, a grandes seres humanos; me tocó convivir con todos ellos.

De esas distintas instituciones educativas salieron profesionales exitosos y también otros que no continuaron sus estudios por distintas razones. No obstante, en su mayoría, hombres y mujeres de bien a quienes aún con el paso de los años, sigo estimando, admirando y a los que agradezco la ayuda que me dieron.

Los anteriores espacios sociales y mi participación en la política me mostraron que tenemos, como costarricenses, muchas más coincidencias que diferencias. El haber nacido en uno u otro estrato social no es sinónimo de “bueno” o “malo”, es más bien un asunto de valores y de actitud ante la vida. He visto cómo hijos de los que tienen recursos actúan con responsabilidad social y otros, de orígenes muy humildes que se convirtieron en “exitosos”, ahora se niegan a generar al menos las mismas oportunidades de las que ellos disfrutaron en tiempos de pobreza.

En Costa Rica, donde la brecha social se amplía cada día más y nos desangra como pueblo, debemos buscar y crear más espacios de convergencia, más puntos de encuentro. Debemos recrear los lugares de crianza y de formación que en el pasado fueron estos puntos de encuentro donde tanto el dueño de la finca como los peones mandaban a sus hijos a estudiar; la misma escuela o el mismo colegio y, por otra parte, el barrio. En “el barrio” había de todo, unos con poco, otros con mucho, pero no existían espacios excluyentes como los que encontramos hoy en la educación y en los lugares de residencia.

Como sociedad, debemos dialogar más acerca de nuestros problemas e inquietudes sociales, sin distingos de edad o nivel de ingresos. Las distintas fuerzas políticas y grupos organizados debemos estudiar y trabajar unidos para encontrar propuestas viables a los grandes retos. Debemos consensuar un “Proyecto País” en temas trascendentales como la educación, la salud pública, la seguridad ciudadana, el rescate de las instituciones sociales y el apoyo a los sectores productivos, entre otros.

A las organizaciones que luchan para combatir el flagelo de la pobreza debemos pedirles que busquen proyectar de manera más profunda su obra.

Además de asistir y dar ayudas a los más necesitados (acto loable sin duda alguna), es imprescindible que nos integremos a trabajar juntos en causas comunes. Es necesario tomar conciencia de que la inversión social bien administrada es la mejor herencia que les podemos dejar a nuestros hijos, si  queremos que vivan en un país de paz y armonía.

Y tampoco se trata de que los pobres busquen qué les “sacan a los ricos” o se sienten a esperar en actitud de “pobrecito yo”, el favor político y la ayuda del gobierno para superarse. Lo más importante es entender que la unión, el esfuerzo y la buena educación son las mejores herramientas para luchar por oportunidades dignas para todos.

Los partidos políticos, que por su condición deberían crear y buscar esos espacios, no lo están haciendo adecuadamente. Algunos de sus representantes más bien llegan al poder a defender los intereses de unos pocos, o a servirse ellos y a abanicar sus egos. Los partidos políticos deben reorientar su rumbo y entender que deben estar al servicio de las grandes mayorías y del bien común. No son los dueños de la verdad y tampoco de las soluciones mágicas.

Otros grandes espacios de convergencia los pueden generar los entes educativos. El establecer un contacto continuo, legítimo y profundo entre los alumnos de las escuelas, colegios y universidades, privadas y públicas, es vital. La formación integral no es tener acceso únicamente al conocimiento, sino que debe ser mucho más que eso. Debería también desarrollar la capacidad de los estudiantes para crear redes sociales que eleven su inteligencia emocional, sus valores sociales, y su sentido de convivencia y de trabajo con personas de todas las clases sociales, para lograr alcanzar metas personales y comunes.

Y que no nos digan los escépticos que esto es un sueño o un ideal utópico; que en la vida real es distinto; que no es una meta alcanzable. Yo les digo, con las cicatrices que dejan a veces las luchas por nuestros ideales, que sí es posible. Que con metas claras, trabajo y muchos hombres y mujeres de bien, sí podemos recuperar los puntos de encuentro donde nos conocíamos, donde aprendíamos a querernos y a vernos como iguales, como en realidad lo somos ante los ojos de Dios.

 

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