Lunes, 16 Agosto 2010 06:12

LA MATERNIDAD

Tan feliz y realizado que me siento por ser padre, pienso lo maravilloso que debe ser madre, es decir, ya no solo engendrar una nueva vida, sino albergarla en el propio ser, llevarla allí, alimentarla con la propia esencia, darle abrigo, calor, aliento, ser su templo para que en esos nueve meses de crecimiento mutuo, ese nuevo ser consolide su condición de naturaleza humana.
Es bien sabido que el periodo de gestación tiene momentos muy difíciles y que las madres –muchas de ellas- pasan días, semanas y hasta meses en los que a las penurias físicas se suma el dolor de la incertidumbre, pues sin duda la pena de la sola posibilidad de que se pierda el fruto que se lleva en las entrañas, es incomparablemente mayor que aquella provocada por los acomodos y reacomodos biológicos, anatómicos y fisiológicos propios del proceso de la maternidad.
Pero se ven tan lindas las mujeres luciendo sus pancitas o sus panzotas con orgullo, con alegría, con determinación, haciéndole frente a su vida cotidiana, a sus quehaceres hogareños, a sus compromisos laborales, desde los más sencillos hasta los más sofisticados; a su vida de pareja y no pocas veces a las tareas de madre ya iniciadas con la previa llegada de otros retoños. Se ven tan lindas que yo me imagino que así lo sienten y que ese sentimiento de belleza será parte de los contrapesos al peso de más que se carga.
Y conforme se acerca el momento de “dar a luz” –¡qué expresión tan bella, tan significativa, tan espiritual y terrenal a la vez- el temor y la ilusión compiten en crecimiento, como dos olas que en un mismo mar se enrumban hacia la playa.
¿Habrá un momento más sublime que aquel en que la madre escucha el llanto del recién nacido, del bebé salido de sus entrañas? Tal vez lo haya, tal vez cuando lo apriete contra su pecho, tal vez cuando lo amamante por primera vez, tal vez …
La maternidad, el ser madre se ha consolidado. Comienzan nuevos momentos de esa realidad y la figura de la madre se agranda, en ella misma,  ante su retoño y ante la sociedad. El amor filial evoluciona desde la dependencia material y social hasta la más pura espiritualidad. El amor de la madre no evoluciona, solo se multiplica y se multiplica hasta superar incluso su figura.
Igual sucede con la responsabilidad de ser madre, una hermosa responsabilidad, irrenunciable como el amor.
Y ambos, amor y responsabilidad de ser madre, son el sustento y guía de la vida y la armonía social.
A ustedes, madres, a su amor y a su responsabilidad, apelamos hoy por un mañana mejor para nuestros hijos.  Los padres, por nuestra parte, nos comprometemos a sacar la tarea que nos corresponde.
Tan feliz y realizado que me siento por ser padre, pienso lo maravilloso que debe ser madre, es decir, ya no solo engendrar una nueva vida, sino albergarla en el propio ser, llevarla allí, alimentarla con la propia esencia, darle abrigo, calor, aliento, ser su templo para que en esos nueve meses de crecimiento mutuo, ese nuevo ser consolide su condición de naturaleza humana.
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Es bien sabido que el periodo de gestación tiene momentos muy difíciles y que las madres –muchas de ellas- pasan días, semanas y hasta meses en los que a las penurias físicas se suma el dolor de la incertidumbre, pues sin duda la pena de la sola posibilidad de que se pierda el fruto que se lleva en las entrañas, es incomparablemente mayor que aquella provocada por los acomodos y reacomodos biológicos, anatómicos y fisiológicos propios del proceso de la maternidad.
Pero se ven tan lindas las mujeres luciendo sus pancitas o sus panzotas con orgullo, con alegría, con determinación, haciéndole frente a su vida cotidiana, a sus quehaceres hogareños, a sus compromisos laborales, desde los más sencillos hasta los más sofisticados; a su vida de pareja y no pocas veces a las tareas de madre ya iniciadas con la previa llegada de otros retoños. Se ven tan lindas que yo me imagino que así lo sienten y que ese sentimiento de belleza será parte de los contrapesos al peso de más que se carga.
Y conforme se acerca el momento de “dar a luz” –¡qué expresión tan bella, tan significativa, tan espiritual y terrenal a la vez- el temor y la ilusión compiten en crecimiento, como dos olas que en un mismo mar se enrumban hacia la playa.
¿Habrá un momento más sublime que aquel en que la madre escucha el llanto del recién nacido, del bebé salido de sus entrañas? Tal vez lo haya, tal vez cuando lo apriete contra su pecho, tal vez cuando lo amamante por primera vez, tal vez …
La maternidad, el ser madre se ha consolidado. Comienzan nuevos momentos de esa realidad y la figura de la madre se agranda, en ella misma,  ante su retoño y ante la sociedad. El amor filial evoluciona desde la dependencia material y social hasta la más pura espiritualidad. El amor de la madre no evoluciona, solo se multiplica y se multiplica hasta superar incluso su figura.
Igual sucede con la responsabilidad de ser madre, una hermosa responsabilidad, irrenunciable como el amor.
Y ambos, amor y responsabilidad de ser madre, son el sustento y guía de la vida y la armonía social.
A ustedes, madres, a su amor y a su responsabilidad, apelamos hoy por un mañana mejor para nuestros hijos.  Los padres, por nuestra parte, nos comprometemos a sacar la tarea que nos corresponde.

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