Por ejemplo, cuántas veces hemos escuchado comentarios como que los ancianos constituyen un estorbo, que las mujeres solamente sirven para cuestiones del hogar o que tal cultura es inferior a la nuestra. Claro que se tratan de opiniones, pero para nada oportunas. Por ello, la prudencia, el saber qué decir, cómo decirlo, a quién decírselo y dónde decirlo, constituye una práctica imperiosa para la sana convivencia de nuestra sociedad.
Quizá por imitación, irresponsabilidad o indiferencia, existen cada vez más personas quienes hablan en forma irrespetuosa, irracional y hasta visceral. Que agraden sin ninguna consideración a los demás bajo el lema de que toda opinión debe ser respetada aunque socialmente sea inaceptable. A fin de cuentas, quien le falta el respeto a otros defendiendo sus principios desde pensamientos autoritarios y exigiendo que se le escuche y se le respete, pero no escucha y menos respeta, es quien contribuye a que este mundo sea, cada vez más, menos prudente y tolerante.
Definitivamente del respeto a la libertad de expresión se pasa al concepto de tolerancia. La situación es muy simple: por ejemplo cuando alguien se expresa en contra de los valores humanos, esos valores o principios que a través de los siglos la humanidad ha sabido reconocer, como es el derecho a la vida, se exige mucha tolerancia por parte de quienes piensan diferente.
Entonces tengamos cuidado, ya que cualquier punto de vista distinto al nuestro, aunque esté muy lejos de nuestros principios, filosofía o creencias, es motivo de tolerancia, no objeto de burla, desprecio o agresión verbal, la cual, incluso, puede llegar a la agresión física. Caigamos en la cuenta de que no todo mundo debe pensar y opinar igual que uno, tener el mismo color político o de piel, gustarle el mismo equipo deportivo, tener la misma orientación sexual o profesar el mismo credo.
Tengamos en cuenta que la sociedad está impregnada de variedad, y si no se tolera esta condición, se estaría irrespetando la dignidad humana. No debemos dejarnos apabullar por quienes, intolerantemente, exigen tolerancia cuando no la dan. Solamente la prudencia y la tolerancia facultan a la persona para reconocer, aceptar, apreciar y valorar las cualidades de los demás y los derechos fundamentales de los humanos, su infinita dignidad y los valores trascendentales. Recordemos que no se trata de aceptar todo, pero sí de anteponer la prudencia y la tolerancia antes de emitir un criterio a la ligera.