Fue el inicio de una nueva era en la que florecía la esperanza de un futuro mejor y el ideal de que se plasmara ese reconocimiento formal en acciones concretas para el mejoramiento de las vidas de quienes hasta entonces y desde la época de la esclavización habían sufrido la exclusión.
Indudablemente, mucho ha cambiado desde entonces. Se ha fortalecido un Derecho Internacional de los Derechos Humanos, que es fuente de inspiración de la normativa interna de los países, en su esfuerzo por incorporar los valores y preceptos que nutren la noción de que existen derechos universales intrínsecos a todo ser humano, inalienables, irrenunciables, indivisibles e imprescriptibles.
Uno de los mayores retos del siglo XXI es que los Estados puedan satisfacer las legítimas aspiraciones de sus habitantes y garantizar el respeto y ejercicio de todos sus derechos.
Una sociedad verdaderamente inclusiva nos brindará a todas y a todos la oportunidad de constatar la sinceridad con que el Estado haya acogido como suyos los valores que inspiraron la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
Todas las personas y grupos necesitamos sentirnos valorados. Quienes formamos parte de las minorías étnicas de nuestro país queremos hacer aportes que surjan de nuestra específica condición, experiencias y cosmovisión.
Nos une el deseo de contribuir al progreso de nuestra querida Nación. Confiamos en que el liderazgo moderno, representado por quienes ejercen la función pública, se caracterice por acciones concretas que materialicen la promesa de que estamos construyendo una sociedad más democrática.