Lo más molesto es escuchar continuamente los pitazos de los conductores intolerantes que nos sofocan aún más con el sonido de las bocinas de sus vehículos. Evidentemente es una práctica mal educada, tonta y necia que no soluciona absolutamente nada.
Pero la cultura del pitazo, va más allá, el pitazo simboliza elevar la voz para ser escuchados, el pitazo es también golpear la mesa para obtener atención.
En nuestro país el pitazo se ha vuelto costumbre; treinta años atrás, los únicos que tenían derecho a sonar el pito eran los oficiales de tránsito en los cruces de carreteras y también con mucha frecuencia los árbitros de fútbol. Esto es muy interesante, ahora los tráficos no utilizan el pito y algunos árbitros de fútbol tampoco quieren usarlo porque prefieren permitir el juego brusco y mal intencionado.
Sin embargo, los pitazos nos están contaminando el ambiente, los taxistas suenan sus pitazos para exigir mejores condiciones, los pitazos de la clase obrera trabajadora que exige mejores servicios a precios justos, los pitazos en el plenario legislativo son ensordecedores, los pitazos de los usuarios de las clínicas y hospitales que piden a gritos mayor consideración, mejores y más humanos métodos de atención hospitalaria y hay también pitazos más agudos y lastimeros como sirenas de ambulancia de las miles de personas que conforman el alto porcentaje de desempleo existente.
La realidad nos abruma, los discursos políticos cansan y no convencen a nadie, y los pitazos nos crispan los nervios.
Ya es hora, de ponerle fin a tanto pitazo. Que cada quien, de acuerdo a su autoridad y buena voluntad interponga sus buenos oficios para permitir que prevalezca un ambiente de paz… sin tanto ruido.